Qué hacemos

Café con Familias y Allegadas de personas presas y expresas

Un espacio seguro para personas que se han visto afectadas por la prisionización de sus seres queridos

La entrada en prisión de una persona de nuestro entorno  está rodeada de preocupaciones, desinformación e incógnitas. Muchas son las dudas que pueden surgir y la preocupación sobre cómo estará esa persona es una cuestión que siempre está presente. 

Ante la falta de un espacio donde las familias que se encuentran esa situación puedan encontrarse y compartir experiencias, nace el Café con Familias y Allegadas de personas presas y expresas

Una vez al mes diferentes personas que se han visto afectadas por la prisionización de sus familiares y allegadas se reúnen con la intención de generar un espacio cálido y cómodo donde poder expresar sus experiencias. Un lugar donde os podáis sentir arropadas y escuchadas con el objetivo de poner en marcha un grupo de apoyo continuo.

Todos los primeros lunes de cada mes nos juntamos en el local sitiado en Calle Serafín Olave, 5, entreplante, oficina B.

¡Te esperamos!

Artículo de opinión: Desde la experiencia del Café con Familias y Allegadas

La prisión suele describirse como un dispositivo que afecta exclusivamente a la persona encarcelada. Sin embargo, esa lectura es incompleta. El impacto del encarcelamiento se extiende mucho más allá de los muros: atraviesa a familias, amistades y redes afectivas que quedan atrapadas en una situación de incertidumbre prolongada, con consecuencias emocionales, económicas y sociales muy concretas.

Cuando una persona entra en prisión, su entorno cercano no recibe un “manual de instrucciones”. Lo habitual es lo contrario: desinformación, procedimientos opacos, lenguaje administrativo difícil de entender y una sensación constante de estar fuera de lugar en un sistema que, sin embargo, condiciona la vida cotidiana de quienes quedan fuera. Las visitas, las llamadas, los traslados o incluso la simple gestión de trámites básicos se convierten en procesos complejos que requieren tiempo, recursos y, sobre todo, resistencia emocional.

A esto se suma una dimensión menos visible pero igualmente relevante: el aislamiento. Muchas familias viven la experiencia del encarcelamiento en silencio, sin espacios donde compartir lo que están atravesando. El estigma asociado a la prisión no solo recae sobre la persona presa, sino también sobre su entorno, que en muchos casos opta por callar o retraerse socialmente. Ese aislamiento agrava el impacto del sistema penitenciario y dificulta cualquier forma de apoyo sostenido.

En este contexto, los espacios colectivos de encuentro entre familias y personas allegadas cumplen una función que no es secundaria, sino estructural. No son simplemente “grupos de apoyo” en sentido abstracto, sino mecanismos concretos de reparación social parcial: permiten compartir información práctica, poner en común experiencias, reducir la sensación de culpa o confusión, y construir redes de ayuda mutua. También cumplen una función política en un sentido amplio: hacen visible una realidad que suele quedar relegada a lo privado.

El Café con Familias y Allegadas de personas presas y expresas, como iniciativa puesta en marcha desde Salhaketa Nafarroa, se inscribe en esa lógica. Se trata de un espacio que ya lleva más de un año de recorrido, sostenido de forma continuada, en el que las personas pueden reconocerse en situaciones similares y compartir experiencias sin intermediaciones institucionales. No es un espacio terapéutico individualizado ni un servicio asistencial clásico, sino un lugar de encuentro periódico donde se produce reconocimiento mutuo y circulación de información cotidiana que resulta difícil de encontrar en otros circuitos.

Este tipo de iniciativas ponen sobre la mesa una cuestión de fondo: el sistema penitenciario no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de la persona encarcelada. Ignorar a su entorno es ignorar una parte central de los efectos reales del castigo. La cárcel no es un hecho aislado, sino un fenómeno que reorganiza vidas enteras alrededor de ella.

Frente a esa realidad, generar espacios de encuentro no resuelve el problema estructural del encarcelamiento, pero sí introduce un elemento de cuidado colectivo que es imprescindible. Nombrar lo que ocurre, compartirlo y sostenerlo en comunidad no elimina el daño, pero sí reduce su impacto más destructivo: el aislamiento.

En última instancia, estos espacios recuerdan algo básico que el sistema penitenciario tiende a invisibilizar: que detrás de cada expediente hay una red de vínculos que también queda afectada. Y que esas vidas, aunque no entren en prisión, también están dentro de su sombra.

Por eso, este espacio se abre a la participación de todas aquellas personas que estén atravesando o hayan atravesado la experiencia del encarcelamiento de un ser querido. Acudir no implica más compromiso que el de estar presente: escuchar, compartir o simplemente acompañar.

Frente al aislamiento, la continuidad de estos encuentros depende precisamente de que más personas se reconozcan en ellos y los hagan suyos.

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